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viernes, 22 de agosto de 2008

Lo tengo crudo... (por qué me acuerdo a veces de que soy feminista-1)

A medida, vamos. Sin desperdicio...


(Qué cosas tiene google.)
I

¿Quieres, Cándida saber
cuál es la niña mejor?
Pues medita con amor
lo que ahora vas a leer.

La que es dócil y obediente,
la que reza con fe ciega,
con abandono inocente,
la que canta, la que juega.




La que de necias se aparta,
la que aprende con anhelo
cómo se borda un pañuelo,
cómo se escribe una carta.


La que no sabe bailar
y sí rezar el rosario
y lleva un escapulario
al cuello, en vez de un collar.

La que desprecia o ignora
los desvaríos mundanos;
la que quiere a sus hermanos;
y a su madrecita adora.
La que llena de candor
canta y ríe con nobleza;
trabaja, obedece y reza...
¡esa es la niña mejor!





II
¿Quieres saber, Candidita,
tú, que aspirarás al cielo,
cuál es perfecto modelo
de cristiana jovencita?


La que a Dios se va acercando,
la que, al dejar de ser niña,
con su casa se encariña
y la calle va olvidando.



La que borda escapularios
en lugar de escarapelas;
la que lee pocas novelas
y muchos devocionarios.

La que es sencilla y es buena
y sabe que no es desdoro,
después de bordar en oro
ponerse a guisar la cena.
La que es pura y recogida,
la que estima su decoro
como un preciado tesoro
que vale más que su vida.




Esa humilde jovencita,
noble imagen del pudor,
es el modelo mejor
que has de imitar, Candidita.

III


¿Y quieres, por fin, saber
cuál es el tipo acabado,
el modelo y el dechado
de la perfecta mujer?

La que sabe conservar
su honor puro y recogido:
la que es honor del marido
y alegría del hogar.


La noble mujer cristiana
de alma fuerte y generosa,
a quien da su fe piadosa
fortaleza soberana.

La de sus hijos fiel prenda
y amorosa educadora;
la sabia administradora
de su casa y de su hacienda.

La que delante marchando,
lleva la cruz más pesada
y camina resignada
dando ejemplo y valor dando.

La que sabe padecer,
la que a todos sabe amar
y sabe a todos llevar
por la senda del deber.




La que el hogar santifica,
la que a Dios en él invoca,
la que todo cuanto toca
lo ennoblece y dignifica.

La que mártir sabe ser
y fe a todos sabe dar,
y los enseña a rezar
y los enseña a crecer.

La que de esa fe a la luz
y al impulso de su ejemplo
erige en su casa un templo
al trabajo y la virtud...
La que eso de Dios consiga
es la perfecta mujer,
¡y así tienes tú que ser
para que Dios te bendiga!





(Esta lee demasiado, también lo tiene crudo...)

(1) Será hijoputa, el tío...


miércoles, 20 de febrero de 2008

Manifiesto: En defensa de la pereza (1)

Como todavía nadie me ha contestado por qué la pereza es un pecado capital, de esos que te llevan de cabeza al infierno, a compartir la eternidad junto con los masacradores de niños, los destructores del planeta, los torturadores (profesionales y amateurs, físicos, psicológicos y mixtos), los abusones de todo pelaje (desde el señor de la guerra y el dictador al matón de patio de escuela), los estafadores de ancianos, los maltratadores de animalitos indefensos, los envenenadores de mentes, los asesinos de la inocencia, los crispadores y siembratempestades, y un sinfín de arquetipos-personajes siniestros que ahora no me vienen a la memoria, pero que igualmente pueden ser ejemplo de gran diligencia y entrega a sus horrendas acciones, verdaderas hormiguitas del odio y el abuso, me dispongo en estas páginas a elaborar un manifiesto a favor de la pereza, esa gran incomprendida y nunca confesada compañera nuestra. Que no estoy sola en esto, lo sé.

Aparte de los consabidos pecados de omisión, que a veces tienen más tela que los de palabra, obra o comisión –sea esta fraudulenta o no, ahí lo dejo: cógelo, Cuco-, como puede ser negar auxilio a quien lo precisa (eso está incluso penado), cerrar los ojos ante el sufrimiento ajeno (por quién doblan las campanas et caetera), mirar para otro lado ante la injusticia, y otras omisiones semejantes, la pereza, per se, no debería ser un pecado, pues era el estado natural del hombre antes de la expulsión fulminante del paraíso; y el trabajo, al fin y al cabo, no es más que un castigo bíblico (para las mujeres, además, parir sin epidural). Vamos, que si la humanidad pecó fue de puro aburrimiento, todo el día tocándose las narices en el Edén, y para una iniciativa que tiene el género humano (a ver, esta manzanita), van y lo desgracian. A Eva hoy le hubieran dado una ayuda del Ministerio de Industria para jóvenes emprendedoras, como poco.

(Continuará)