viernes, 7 de marzo de 2008

Cosas que me ponen de los nervios 2















ETIQUETAS ABANDONADAS (ella no lo haría...)

No soporto que alguien, que normalmente convive contigo, deje miguillas y otros restos (aquí una cáscara de queso, allá un jirón de tripa envoltorio del fuet...) que evidencian que se ha hecho un bocadillo, por lo regular confiando en que el jaspeado del poyo de la cocina disimule su desaguisado.

En el caso de que la persona que siembra estos desechos ni siquiera conviva contigo, el delito es mayor si cabe, por confianzuda, que una cosa es darle carta blanca en cuestión de prepararse meriendas ("sírvete tú, que ahí tienes la nevera"), y otra permitirse semejante guarrería, que encima no puedes ni regañar porque quedas como una maniática y una borde.

Pero, debo confesarlo, hay otra "cosa que me pone de los nervios", y que perpetro yo misma: dejar por tiempo indefinido sobre variadas superficies de la casa (el borde del lavabo, la mesilla de noche, cualquier mesa) las etiquetas de aquellas prendas que se estrenan en casa (normalmente abandonadas cerca del sitio donde se guardan las tijeras, porque las tijeras, eso sí señor, como todo lo punzante, se guarda).



¿Por qué, si me ataca la vista, dejo yo misma las etiquetas como despojos de guerra medieval en campo de batalla sin darles santa sepultura en la papelera? Es más: cuando estoy cortando el plastiquillo que une el cartón con la prenda, o el hilo, lo que sea; en definitiva, cuando estoy desprendiendo el par de calcetines del cole de mi hija, la bufanda, la camiseta, de su ya por siempre irremediablemente perdida virginidad, soy consciente de ese acto, me obsesiona, nunca es casual, nunca es inadvertido: como en un ritual corto el cordón umbilical de la prenda de ropa con su pasado de maniquíes o de expositores, y de embalajes, y más allá de fábricas, y más allá de materia prima no desvirtuada; y la ropa huele a nuevo pero ya no tiene etiqueta que certifique su anonimato ni su inocencia, la despojo y la hago mía, cortando con herramienta afilada, punzante, certera, toda relación con su prístina incertidumbre, como en un bautismo: ya eres mía, más que cuando te compré; ya nunca serás devuelta; ya nunca tendrás otro futuro que el de abrigar mi cuello, o resguardar de la lluvia a mi hija, o descansar olvidada en una gaveta hasta que me dé cuenta de que no me sirves porque la báscula vuelve a reírse de mis excesos.


Quizás la conciencia de que ya no hay vuelta atrás (de la irreversibilidad del tiempo, tempus fugit mientras la física cuántica y las mentes exaltadas de los guionistas de Hollywood no digan otra cosa: no hay celestinas cosevirgos de etiquetas ni moviolas de los pasos que hasta acá nos condujeron -ay, mi buen Garcilaso-), se plasme en el hecho inconsciente de abandonar durante tiempo indefinido esa etiqueta-huella-vestigio sobre una superficie anodina de la mansión que habito; quizás mi aparente pereza, o desidia (en otra entrada hablaré de las diferencias entre ambas), mi manifiesta dejadez se deba a un intento por detener el tiempo: qué manera de glorificar el desorden, de honrar la virginidad muerta antes de darle sepultura y olvidarla para siempre, como esa gente que se resiste a quitar las pegatinas del coche nuevo que publicitan el concesionario cuando ya el automóvil ni huele a nuevo y unos dedos malévolos han escrito, inclementes, en el cristal trasero "lávalo, guarro".

Aferrarse a las cosas sin importancia mientras el mundo se desmorona, es tan humano...

1 comentario:

María del Mar dijo...

Y tanto Paula, humano y me atrevo a decir necesario. Son esas pequeñeces las que nos desvían de esta realidad que hasta parece ficticia.

Me alegra verte sin palabra escribiendo tu palabra.

Un besazo gordo, gordo y..... aquí me quedo!